John Pilger: Llegó el momento para que Julian Assange sea liberado, no traicionado


La verdad es que Australia podía haber rescatado a Julian Assange, y todavía puede. Los líderes de su tierra natal que lo han traicionado deben ser señalados; ni la historia ni la decencia los olvidarán, o aquellos que hoy en día permanecen en silencio.

Por John Pilger

Traducido por Diego Sequera

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Este 22 de febrero habrá una marcha desde la Alta Comisión de Australia (la Casa de Australia) en Londres a la Plaza del Parlamento, el centro de la democracia británica. La gente cargará imágenes del editor y periodista australiano Julian Assange quien, el 24 de febrero, enfrentará un tribunal que decidirá si será o no extraditado a los Estados Unidos a una muerte en vida.

Conozco bien la Casa de Australia. Siendo australiano, solía ir en mis años de juventud en Londres a leer los periódicos de casa. Inaugurada por el Rey Jorge V hace más de un siglo atrás, su vastedad de mármol y granito, candelabros y retratos solemnes, importados de Australia cuando sus soldados morían en la carnicería de la Primera Guerra Mundial, han asegurado su lugar como referencia del servilismo monumental al imperio.

Como una de las “misiones diplomáticas” más antiguas en el Reino Unido, esta reliquia del imperio ofrece una sinecura placentera para los políticos en las antípodas: un “colega” premiado o un agitador exiliado.

Conocido como el Alto Comisionado, el equivalente de un embajador, el actual beneficiario es George Brandis, quien como Fiscal General intentó diluir la Ley de Discriminación Racial australiana y aprobó allanamientos a los informantes (whistleblowers) que revelaron la verdad sobre el espionaje ilegal de Australia sobre Timor Oriental durante las negociaciones para repartirse el petróleo y el gas de ese país empobrecido.

Esto condujo a las acusaciones contra los informantes Bernard Collaery y el “Testigo K” con falsos alegatos. Como Julian Assange, tienen que ser silenciados mediante un juicio kafkiano y luego encerrados.

La Casa de Australia es el punto de partida ideal para la marcha del sábado.

“Confieso”, escribó Lord Curzon, Virrey de India, en 1898, “que los países son como piezas sobre un tablero de ajedrez sobre los cuales se juega nuestro gran juego de dominación del mundo”.

Nosotros los australianos hemos estado al servicio del Gran Juego por demasiado tiempo. Habiendo devastado a nuestra población aborigen con una invasión y una guerra de desgaste que continúa hasta hoy en día, hemos derramado la sangre de nuestros amos imperiales en China, África, Rusia, el Medio Oriente, Europa y Asia. Ninguna aventura imperial contra quienes no tenemos ningún problema han escapado a nuestra dedicación.

El engaño ha sido nuestra principal característica. Cuando el primer ministro Robert Menzies en 1960 envió soldados australianos a Vietnam, los presentó como un equipo de entrenamiento, solicitado por el atribulado gobierno en Saigón. Era una mentira. Un funcionario de alto nivel del Departamento de Asuntos Exteriores escribió en secreto que “a pesar de haber insistido públicamente sobre el hecho de que nuestra asistencia fue dada en respuesta a una invitación del gobierno de Vietnam del Sur, la orden provino de Washington”.

Dos versiones. La mentira para nosotros, la verdad para ellos. Casi cuatro millones de personas murieron en la guerra de Vietnam.

Cuando Indonesia invadió Timor Oriental en 1975, Richard Woolcott, el embajador australiano, le urgió en secreto al gobierno de Camberra a “actuar de forma tal que pudiera quedar diseñado para minimizar el impacto público en Australia y demostrar a Indonesia comprensión en privado”. En otras palabras, mentir. Aludió al llamado por hacerse con el botín de petróleo y gas en el Mar de Timor, el cual vale “una millonada”, según se jactó el ministro de exteriores para ese momento, Gareth Evans.

Al menos 200 mil timorenses murieron en el genocidio que vino a continuación. Australia, prácticamente sola, reconoció la legitimidad de la ocupación.

Cuando el primer ministro John Howard envió fuerzas especiales australianas para la invasión de Irak junto a los Estados Unidos en Inglaterra en 2003, él mintió –al igual que George W. Bush y Tony Blair– diciendo que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Más de un millón de personas murieron en Irak.

Wikileaks no ha sido la primera en denunciar el patrón de mentiras criminales en democracias que se conserva, en cada una de sus partículas, con la misma rapacidad que en los tiempos de Lord Curzon. El logro de la extraordinara organización fundada por Julian Assange ha estado presente para ofrecer las pruebas.

Wikileaks nos informó sobre cómo se fabrican las guerras ilegales, cómo los gobiernos son derrocados y se usa la violencia en nuestro nombre, cómo hemos espiado mediante nuestras pantallas y teléfonos. Ha expuesto las verdaderas mentiras de presidentes, embajadores, candidatos políticos, generales, intermediarios, estafadores políticos. Uno por uno, estos aspirantes a emperadores se han dado cuenta de que están desnudos.

Ha sido un servicio público sin precedentes; sobre todas las cosas, es periodismo auténtico, cuyo valor puede ser juzgado por el grado de apoplejía de los corruptos y sus apologistas.

En 2016, por ejemplo, Wikileaks publicó un correo filtrado de John Podesta, jefe de campaña de Hillary Clinton, revelando una conexión directa entre Clinton, la fundación que comparte con su esposo y el financiamiento del yijadismo organizado en el Medio Oriente. Terrorismo.

Un correo reveló que el Estado Islámico (ISIS) estaba en la nómina de los gobiernos de Arabia Saudita y Qatar, de quienes Clinton ha aceptado “donaciones” sustanciosas. Aún más, siendo Secretaria de Estado, aprobó la venta de armas más voluminosa del mundo a sus benfactores saudíes, por encima de los 80 mil millones de dólares. Gracias a ella, se duplicaron las ventas de armas estadounidenses en el mundo, para emplearla en países azotados por la pobreza como Yemen.

Revelados por Wikileaks y publicados por el New York Times, los correos de Podesta dispararon una campaña de vituperación contra su editor en jefe Julian Assange, careciendo de cualquier evidencia. Se dijo que era un “agente de Rusia trabajando para que Trump fuera electo”; y a continuación vino el sinsentido del Russiagate. Que Wikileaks también haya publicado más de 800 mil documentos que con frecuencia pudieran condenar al gobierno ruso es algo completamente ignorado.

En 2017, en un programa de la Corporación de Radiodifusión Australiana, llamado Cuatro Esquinas, Clinton fue entrevistada por Sarah Ferguson, quien así comenzó su entrevista: “Nadie puede evitar el sentirse movido por el dolor en tu rostro [en el momento de la inauguración del gobierno de Donald Trump]… ¿Recuerdas cuán visceral fue para ti?”.

Habiendo dejado establecido el sufrimiento visceral de Clinton, la aduladora Ferguson describió “el papel de Rusia” y el “daño que [Julian Assange] te hizo personalmente a ti”-

Clinton respondió, “Él, claramente, es un instrumento de la inteligencia rusa. Y les ha cumplido con sus servicios”.

Ferguson le dijo a Clinton, “mucha gente, incluyendo en Australia, creen que Assange es un mártir de la libertad de expresión e información. ¿Cómo lo describiría?”.

De nuevo, se le permitió a Clinton difamar a Assange –un “nihilista” al servicio de “dictadores– mientras Ferguson le aseguraba a su entrevistada que era el “icono de su generación”.

No hubo una sola mención a un documento filtrado, y revelado por Wikileaks, llamado Lybia Tick Tock, preparado por Hillary Clinton, que la describe como la figura central en la conducción de la destrucción del estado libio en 2011. El resultado de esto fue 40 mil muertes, la llegada del ISIS al norte de África y la crisis europea de refugiados y migrantes.

Para mí, este episodio de la entrevista a Clinton –hay muchos más– ilustra de forma vivaz la división entre el periodismo verdadero y el falso. El 24 de febrero, cuando Julian Assange entre al Tribunal de Woolwich Crown, será el periodismo genuino el único crimen verdadero que será juzgado.

A veces me preguntan por qué he defendido a Assange. En primer lugar, me agrada y lo admiro. Es un amigo con un coraje impresionante; y tiene un refinado, pulido y provocador sentido del humor. Es lo diametralmente opuesto al personaje que sus enemigos primero crearon y luego asesinaron.

Como periodista que ha estado en lugares turbulentos en todo el mundo, he aprendido a comparar la evidencia de lo que he testimoniado con las palabras y acciones de quienes están en el poder. De esta manera, es posible darle una dimensión a cómo nuestro mundo está controlado, dividido y manipulado, a cómo el lenguaje y el debate se distorsionan para producir la propaganda de la falsa consciencia..

Cuando hablamos sobre dictaduras, lo definimos como lavado cerebral: la conquista de nuestras mentes. Es una verdad que raramente se aplica a nuestras propias sociedades, a pesar del rastro de sangre que conduce directo a nosotros y que nunca se seca.

Esto lo ha divulgado Wikileaks. Este es el por qué Assange está en una prisión de máxima seguridad enfrentando cargos políticos inventados en los Estados Unidos, y el por qué él ha avergonzado a tantos que son pagados para mantener las cosas en su lugar. Miren cómo esos periodistas ahora buscan dónde cubrirse mientras sobre ellos madruga que los fascistas estadounidenses que vinieron por Assange luego irán por ellos, entre ellos aquellos en The Guardian que colaboraron con Wikileaks y ganaron premios además de asegurar contratos lucrativos con Hollywood y editoriales, basado en el trabajo de Assange, antes de entregarlo.

En 2011, el “editor de investigaciones” de The Guardian, David Leigh, le dijo a los estudiantes de periodismo de la Universidad de la City en London que Assange estaba “algo trastornado”. Cuando un estudiante desconcertado le pregunto por qué, Leigh respondió: “Porque no comprende los parámetros del periodismo convencional”.

Pero es precisamente porque sí entendió esos “parámetros” de los medios, frecuentemente investidos con protección e intereses políticos y teniendo poco que ver con transparencia, que las ideas de Wikileaks resultaban tan atractivas para tantas personas, especialmente los jóvenes, correctamente escépticos del llamado “mainstream”.

Leigh se burló de la idea de que Assange, una vez extraditado, terminase “vestido con un mono naranja”. Estas eran cosas, dijo, “que dicen él y su abogado para alimentar su paranoia”.

Los actuales cargos de los Estados Unidos contra Assange se centran en la “bitácora afgana” (Afghan Log) y la “bitácora iraquí” (Irak Log), que el Guardian publicó y sobre las que Leigh trabajó, además del video de “asesinato colateral” (Collateral Murder) que enseñaba a la tripulación de un helicóptero estadounidense ametrallando civiles y celebrando el crimen. Por este trabajo periodístico, Assange enfrenta 17 acusaciones de “espionaje” que conllevan sentencias de prisión que alcanzan los 175 años.

Independientemente de si su uniforme en la cárcel sea o no un “mono naranja”, los archivos del tribunal estadounidense que sus abogados lograron examinar revelan que, una vez extraditado, Assange será objeto de Medidas Administrativas Especiales, conocidas como SAMS (en inglés).

Un informe de la Escuela de Derecho de la Universidad de Yale y el Centro por los Derechos Constitucionales de 2017 describen a las SAMS como “la esquina más oscura del sistema federal de prisiones de los Estados Unidos”, que combinan “la brutalidad y el aislamiento de las unidades de máxima seguridad con las restricciones adicionales que le niegan a los individuos casi cualquier conexión con el mundo humano… el resultado de esto es el de escudar esta forma de tortura de cualquier escrutinio público”.

Que Assange haya tenido la razón todo este tiempo, y el llevarlo a Suecia haya sido un fraude para encubrir el plan norteamericano de “reducirlo”, finalmente está dejando claro para muchos que tragaron el chisme incesante, típico del asesinato de personaje.

“Hablo sueco fluido y pude leer los documentos originales”, dijo recientemente Nils Melzer, el Relator de las Naciones Unidas para la Tortura. “Y difícilmente podía creerlo. De acuerdo al testimonio de la mujer en cuestión, no hubo violación. Y no sólo eso: el testimonio de la mujer luego fue modificado por la Policía de Estocolmo sin siquiera ella saberlo para poder, de alguna forma, hacerlo sonar como posible violación. Tengo todos los documentos en mi poder, los correos, los mensajes de texto”.

Actualmente, Keir Starmer está lanzando su candidatura a la dirección del Partido Laborista de Inglaterra. Entre 2008 y 2013, fue el Director de la Fiscalía Pública y el responsable del Servicio de Fiscales de la Corona (CPS, por sus siglas en inglés). De acuerdo a investigaciones basadas en la figura de la Libertad de Información, realizadas por la periodista italiana Stefania Maurizi, Suecia trató de desistir en el caso de Assange en 2011, pero un funcionario de la CPS en Londres le dijo al fiscal sueco que no tratara este asunto como “cualquier otra extradición”.

En 2012, recibió un correo de la CPS: “¡No te eches para atrás!!!”.

Otros correos del CPS fueron o bien suprimidos o bien censurados. ¿Por qué? Keir Starmer tiene que decir el porqué.

A la vanguardia de la marcha del sábado estará John Shipton, el padre de Julian, cuyo apoyo infatigable por su hijo es la antítesis de la complicidad y la crueldad de los sucesivos gobiernos de Australia, nuestra tierra natal.

La lista de la vergüenza comienza con Julia Gillard, la primera ministra laborista australiana que, en 2010, quería criminalizar a Wikileaks, arrestar a Assange y cancelar su pasaporte, hasta que la Policía Federal australiana señaló que ninguna ley permitía eso y que Assange no había cometido crimen alguno.

Mientras que falsamente alegaba el darle asistencia consular en Londres, fue el sorprendente abandono del gobierno de Gillard de uno de sus ciudadanos lo que condujo a Ecuador a concederle asilo político a Assange en su embajada en Londres.

En un discurso subsiguiente ante el congreso de los Estados Unidos, Gillard, una favorita de la embajada de los Estados Unidos en Camberra, superó el récord de adulación (de acuerdo al portal Honest History) mientras declaraba una y otra vez, la fidelidad de los “colegas” australianos a los Estados Unidos.

Hoy en día, mientras Assange espera en su celda, Gillard viaja por el mundo, promocionándose a sí misma como una feminista preocupada por los “derechos humanos”, a veces en tándem con otra súper feminista, llamada Hillary Clinton.

Lo cierto es que Australia podía haber rescatado a Julian Assange y todavía puede hacerlo.

En 2010, organicé una reunión con un miembro Liberal (conservador) del Parlamento: Malcolm Turnbull. Siendo un joven abogado en los 80, Turnbull exitosamente combatió contra los intentos del gobierno británico de evitar la publicación del libro Spycatcher (“Atrapa espías”), cuyo autor, Peter Wright, un espía, había expuesto al “estado profundo” británico.

Hablamos sobre su famosa victoria por la libertad de expresión y publicación y le describí el error judicial en materia de justicia que esperaba por Assange: el fraude de su arresto en Suecia y la conexión con una sentencia que destrozaba a la constitución de los Estados Unidos además de la autoridad de la legislación internacional.

Turnbull parecía demostrar un interés genuino y un asistente tomo notas de forma extensiva. Le pedí que entregara una carta al gobierno australiano firmada por Gareth Peirce, el renombrado abogado británico especializado en derechos humanos que representa a Assange.

En la carta, Peirce escribió: “Dada la amplitud de la discusión pública, frecuentemente basada en suposiciones completamente falsas… es difícil el intentar preservar cualquier presunción de inocencia [para Julian Assange]. Sobre el señor Assange ahora penden no una sino dos espadas de Damocles, dos potenciales extradiciones de dos jurisdicciones distintas por dos presuntos crímenes diferentes, ninguno de los cuales son delitos en su propio país, y que su seguridad personal estaba en riesgo en circunstancias con una pesada carga politizada”.

Turnbull prometió entregar la carta, hacerle seguimiento e informarme. Luego le escribí en varias oportunidades, esperé y nunca llegó nada.

En 2018, John Shipton escribió una carta profundamente conmovedora al para entonces primer ministro de Australia solicitándole el ejercer el poder diplomático a disposición de su gobierno para devolver a Julian a casa. Escribió que temía que de no ser Julian rescatado, ocurriría una tragedia y que su hijo moriría en prisión. No recibió respuesta alguna. Ese primer ministro era Malcolm Turnbull.

El año pasado, cuando el actual primer ministro, Scott Morrison, un antiguo hombre de las relaciones públicas, se le preguntó por Assange, respondió en su forma acostumbrada, “¡Tiene que hacerse cargo de sus cosas!”.

Cuando la marcha del sábado llegue a Westminster, que según se dice es “la madre de todos los parlamentos”, Morrison y Gillard y Turnbull y todos aquellos que han traicionado a Julian Assange deberían ser señalados; la historia y la decencia no los olvidarán, tampoco a aquellos que hoy en día permanecen en silencio.

Y de todavía quedar algo de sentido de justicia en la tierra de la Magna Carta, la farsa que es el caso contra este australiano heroico debe ser rechazada. O, de lo contrario, todos tendremos que tener cuidado.